sábado, 11 de mayo de 2013

PRODUCCIÓN LITERARIA DOCENTE

¡QUÉ  TAL VISITA 
                                                     A  MI  TIERRA! 
Mientras íbamos con el profesor y amigos constatando lo que los pobladores de Batangrande nos habían dicho en una entrevista, acerca del Santuario Histórico Bosque de Pómac, ubicado en el distrito de Pítipo, tierra del exquisito cabrito y extenso algarrobal, nos detuvimos en el árbol milenario, encantados de sus viejas ramas y el poder que tenía esta planta.
Cuentan  que tan solo con abrazarla nos da fuerza, paz, te libera de miedos y te desestreza de problemas absorbidos en la familia. Entonces, no esperé más tiempo y me lancé lleno de confianza abrazando sus ramas. Inmediatamente sentí una tranquilidad que jamás había sentido, no quise desprenderme de ella, porque dentro de su tallo escuché una melodiosa voz que decía: “Eres un guerrero Sicán”, “Serás grande, inteligente, poderoso y capaz realizar grandes descubrimientos, la gente te querrá y tú los ayudarás”. Cerré mis ojos y suspiré profundamente inhalando la fragancia del manto verde. 
Seguidamente divisé un conjunto de guerreros que cargaban a un hombre en andas como a un santo, me acerqué más para saber quién era, pues era: “El gran señor de Sicán”, que lucía una ropa brillante y pesada, porque llevaba oro, además cargaba orejeras, brazaletes, collares, un cetro, un vaso y una máscara de y plata. Pensaba que esto era un sueño, por eso empecé a pellizcar mi cuerpo para saber si lo que estaba viendo era realidad o no. De pronto alguien tocó mi espalda con una gruesa mano, pero no tuve miedo, voltié y miré a un hombre fortachón, descalzo y patón, de pelo largo, grueso y negro,vestido con un solo traje de color medio marrón y dorado, que me dijo: “El gran señor te está esperando”. Yo, lleno de  valentía, lo seguí y mientras lo seguía todo estaba silencioso,  de repente iba apareciendo el sonido de tambores, maracas y cantos. Llegando de esta manera  a una parte alta del Bosque, donde se le rendía pleitesía al gran señor de Sicán. Por un momento pensé que estas alabanzas estaban dirigidas para el gran jefe, pero no fue así, el rey de oro Sicán me esperaba con todo su pueblo. 
Cuando lo vi,  quedé sorprendido y me dijo: “Oh gran niño Sicán, felicito tu valentía y amor a tu tierra, haz venido a saber de nosotros, pues te digo: que estás pisando tierra sagrada, tierra Sicán, tierra fértil y de grandes  hombres, conocerás nuestra humilde tierra, porque estamos seguros que junto a tu director, maestros, amigos, amigas y familia solisiana, difundirás nuestra cultura, para que nunca muera en los pensamientos de los ferreñafanos y el mundo entero. Ámala y defiéndela”. No me quedé atrás, le hice una reverencia  y le respondí: “Gran señor de Sicán, estoy aquí porque AMO a esta tierra y prometo difundir nuestra cultura”. 
El jefe de esta tierra, el pueblo y Yo brindamos en potos y cojuditos la sabrosa chicha sacada de grandes y limpios mulos. Después de beberla sentí que mis músculos se fortalecieron y mi paladar quedó encantado, entonces pedí otro poto de chicha pero el jefe me dijo: “Basta por hoy”. 
Mientras mis amigos sicanes danzaban, en plena ceremonia aproveché en preguntar al gran señor: ¿Quién prepara esta apetitosa bebida y cuál es su secreto para que sea tan exquisita? -  me miró fijamente y respondió: “Esta chicha es cocinada por la jefa de la familia Chafloque Macalopú y el secreto está en el puro maíz y la esencia de las algarrobas que cosechamos”.
Cuando el homenaje terminó, todos agradecieron a su dios: “La Luna”, prometieron hacer producir la tierra  y obrar con amor. Sin embargo Yo le dije a mi Dios que “bendiciera a esta tierra y a sus habitantes”.
En varios días, junto al señor de Sicán, quien iba en andas y Yo a pie, porque quería mantenerme con salud, hicimos un recorrido por el Majestuoso histórico bosque, que tenía aproximadamente 8 500 hectáreas de extensión, era un lugar seco, de clima caluroso. Cuando llegamos al árbol milenario que es el símbolo de los algarrobos del Perú, Sicán me dio a beber otra vez chicha con algarrobina, con el fin de continuar nuestro recorrido rumbo al Mirador ubicado en el cerro Las Salinas, donde pude apreciar el extenso algarrobal que forma un manto verde. Desde esta altura pude observar las treinta y cuatro pirámides, cada una con una historia que contar. 
Asimismo, pude contemplar la  hermosa flora, como: faique, algarrobo, palo verde, angolo, sapote, cuncuno, vichayo, chaquiro, gigantón y el rabo de zorro, etc. 
En cuanto a la fauna, habían: huerequeques, loros cabeza roja, chilalos, urracas, cotarramas, iguanas, pacasos, boas, macanches, coralillos, el oso hormiguero, el gato montés, el hurón y la ardilla nuca blanca, etc.
Tuve la dicha de ver llegar a este manto verde, a la pava aliblanca, al oso con anteojos, al chiclón, y otros animales,  porque se habían enamorado de esta hermosa tierra. En pleno bosque de Pómac paseaban tranquilamente, nadie los fastidiaba, porque no habían cazadores, todo era paz y amor. Los animales eran felices en este hogar.
De pronto escuché el melodioso chillido de un pájaro, llamado Parlanchín, éste avisaba a los sicanes que iban a tener visitas. Pasaban uno ó dos  días y esto se hacía realidad. Al señor de Sicán lo visitaban buenos amigos para obsequiarle alimentos y felicitarlo por su honradez con su pueblo.
Quedé maravillado de su arquitectura, es decir de las treinta y cuatro pirámides hechas de adobe y de madera de algarrobo. 
En cada adobe estaba grabado el nombre de quien había hecho estos adobes y en otros, el nombre de la persona que había mandado a construir la pirámide o huaca. 
Algunas paredes de estas pirámides tenían dibujos de pesca, de las labores que realizaban, costumbres, etc. 
El interior de algunas  pirámides tenía tumbas de entierros, otras de adoración a su dios, de sectores de cocina y  almacenes. En todas existía  limpieza, orden y sobre todo paz. Por un momento pensé que estaba en el cielo.
El señor de Sicán me mostró los grandes hornos, donde se cocinaban  los huacos (cerámica) y se fundía el oro, para sacar joyas preciosas que lucía Él y los pobladores adinerados, (eran buenos en la metalurgia). Varios sicanes se pasaban dos ó tres horas soplando por turnos todos al mismo tiempo, tubos de caña para que el horno pudiera trabajar. 
De ningún modo olvidaré la unidad de esta gran familia, todos se respetaban, se ayudaban mutuamente y 
cada vez que talaban un algarrobo para construir sus casas, sembraban otro.
Además, en los terrenos de cultivo sembraron pallar, frejoles, maíz, papa, etc. Estos alimentos eran saludables, no estaban contaminados, ofreciendo fortaleza y salud.
Al finalizar el recorrido quedé sorprendido de la riqueza de esta gran cultura y me prometí una vez más, DIFUNDIRLA para que llegue a los oídos y pensamientos de todo el mundo. Fue entonces cuando aconsejé a este terco jefe, que caminara para hacer trabajar sus huesos y músculos, y no sufrir de futuras enfermedades. Sin embargo Él manifestó que un Rey tenía que ser trasladado en andas y a decir verdad ya se había acostumbrado.
Como nunca quedaba con la duda, esta vez pregunté a un pie grande y pelo grueso Sicán: ¿Quién prepara el exquisito cabrito? - me respondió: la señora  Inga, y estamos seguros que una mujer de su descendencia será su sucesora, para que la tradición no se pierda.
Cuando todo iba bien, hubo una gran sequía que dejó medios hambrientos a esta gran familia. Pues gracias a su sabiduría, pudieron guardar en los reservorios agua para sobrevivir, y sembraron plantas resistentes a este elemento líquido. Por supuesto que los algarrobos resistieron, porque sus raíces tienen quince metros de profundidad.
Cuando despertó la aurora, se escuchó unos llantos en todo el bosque y en  las pirámides. Pregunté a los habitantes ¿qué está pasando? ellos llenos de tristeza me abrazaron y entre  gemidos, dijeron: “HA MUERTO EL GRAN SEÑOR DE SICÁN”. Escuché decir que había muerto de osteoporosis. No pude creerlo, en ese momento me arrodillé y  pedí a mi Dios que bendiciera su alma y le tuviera en cuenta el amor de sus grandes obras que había hecho en bien del prójimo. 
El bosque se vistió de luto, hasta los animales se reunieron para darle el último adiós a su jefe. Fue increíble ver llorar tanto a los perros viringos, pues ellos fueron los más engreídos por su patrón. 
El entierro fue una locura, fue sepultado con mujeres, soldados, animales y un niño o adolescente que se ofrecieron acompañar al poderoso Sicán. Ellos pensaban que su jefe iba a tener el mismo poderío en la otra vida, por eso, también  colocaron en su tumba oro, ropa, huacos, comidas, bebidas, etc.
El imperio se fue debilitando sin su jefe, pero Yo mantenía mi promesa de DIFUNDIR ESTA HERMOSA CULTURA.
Una noche  brillante, en la casa de la luna, se volvió a escuchar voces desesperadas. Corrí a ver qué sucedía y pude ver como se incendiaban los templos y la gente.
Posiblemente este incendio y la sequía fueron las posibles caídas de este importante imperio.
Pude rescatar de las llamas a muchos niños, y de tanto ayudar la humareda me estaba  asfixiando. Desesperado corrí por el bosque de Pómac, hasta subir al  cerro Mirador, y desde arriba imploré a Dios nos  librara, fue aquí donde desperté de este inolvidable sueño. 
Cuando abrí mis chinos ojos, me di cuenta que mis amigos y profesor seguían anotando en sus libretas de campo, las maravillas del Santuario Histórico Bosque de Pómac. Me acerqué a ellos, empecé a narrar lo sucedido y todo coincidía con las investigaciones que estaban realizando. El profesor me felicitó  y dijo: “Joaquín, eres un gran investigador”. Miré el árbol milenario y le guiñé el ojo. 
Una vez terminado el trabajo de campo, todo el equipo de investigación subió al cerro Mirador, para observar el manto verde y gritar a una sola voz: ¡Sicán al poderrrrr!.

AUTOR: 
                                                       Sebastian Ángel Mora Ramirez.


¡ Ya viene nuestro amigo, el cura Seberino!


¡Mamá, mamá, mamá! no se ven los terrenos, no se ven las chacras, hay neblina, todo está mojado.
La señora Juana inmediatamente salió de su quincha para decirle a su niño Silberio: “No te asustes hijo mío”.  El acongojado Silberio la miró fijamente y le respondió: “Mamá, es que cada vez que la mañana está fría y mojada, llegan esos hombres ricachones, bien vestidos, con sombreros blancos, zapatos en punta y tacos de acero, montados a caballo a amenazarnos y a querer apropiarse de nuestras tierras”•  
Juana la campesina se entristeció, y entre pena y pena decía; “escuchó los pasos firmes que vienen cabalgando los de pura sangre”, y entre sus llantos tenebrosos se escuchaba: “Montados vienen los quita tierras a arrebatarnos lo nuestro, la riqueza natural que taita Dios nos dejó. Todas  son nuestras, las ganamos con el sudor de nuestras fuerzas, comprándolas a un precio justo”.  
Silberio, no temas, dijo Juana, porque gracias a Dios tenemos a un Gran Amigo: el CURA SEBERINO. Solo Él hace justicia, siempre está dispuesto a dialogar, concertar y a luchar, con tal de quedarnos con nuestras tierras.
De pronto los vecinos se iban reuniendo en la huerta del conocido y audaz Nestor, para esperar a los terratenientes.
Cuando esta gente se iba acercando, Nestor salía a su puerta de carrizo a esperarlos. En pocos minutos llegaban para recibir parte de sus cosechas, ya que según ellos, les pertenecía por ser autoridades y de buenos apellidos.
Sin embargo, los sacrificados campesinos, dirigidos por Nestor, se resistían, mientras otros por temor entregaban dinero o buenos  alimentos.
No se iban satisfechos sin antes dejar una amenaza: “Nuestra próxima llegada será para llevar más productos alimenticios y más plata”.
Solo Nestor con  valentía y pundonor se atrevió a decirles que eran INJUSTOS. 
Cuando llegaban a la ciudad,  los de buenos apellidos, junto a sus empleados, llevaban a vender al mercado los alimentos de buena calidad y a bajo precio, sorprendiendo a la gente del pueblo que eran buenos, nobles, generosos y verdaderos amigos. 
El dinámico y líder  Nestor, no se quedaba quieto ni temeroso ante las amenazas, sino más bien infundía: valentía, respeto, fe  y ganas de luchar, por eso  acompañado de sus buenos amigos, iban a la ciudad a pie con unas sandalias hechas a llanta y cocidas con chante por sus amorosas y tiernas esposas. Cuando este pequeño y poderoso grupo llegaba a la Parroquia, preguntando por el presbítero Seberino,  éste salía para escuchar las quejas y penurias de esta necesitada gente. 
El sacerdote era empático y solidario, pues orientaba la defensa a éstos y aún se integraba con más amor a este conjunto humano: honesto, inocente y trabajador.
Los valerosos hombres regresaban con más vigorosidad y con un espíritu fortalecido a su tierra natal.  Enrumbaban su camino por el parque de Ferreñafe, caminando por debajo del encementado de la plaza de armas: “Manuel Antonio Mesones Muro”, mientras que la gente pituca, adinerada y de buenos apellidos caminaban cómodamente por esta gran plaza. Esta actitud no les bajaba su autoestima, ni los hacía sentir menos, sino tenían pena de estos comportamientos. 
El cura Seberino, sabía de las injusticias de esta clase poderosa, motivo por el cual, le permitía meditar y reflexionar, diciendo: “Esta gente millonaria debe muchos impuestos al Estado peruano y se dan el lujo robarle a labriegos inocentes. No es justo, esto debe parar”. Es por eso que el curita del pueblo con autoridad se dirigió a las haciendas a platicar y concertar con la gente de clase alta para decirles que no estaba bien que le robasen a gente humilde, pobre e ingenua. Que sean más justos. Además les dijo: Den a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. Sin embargo, ellos se resistían a las palabras del clérigo, respondiéndole el jefe: “Curita, dedícate a tus Misas y no tengas en cuenta lo que hacemos, somos autoridades elegidas por el pueblo, por eso mandamos más que tú”.
Seberino, hombre culto e inteligente, no se quedaba callado y les decía: “Trabajen, suden, gánense el peculio y el pan de cada día dignamente, y no sean aprovechados”. 
El religioso de baja estatura y de corazón valiente, regresaba al pueblo con la esperanza que algún día pudiesen transformar sus vidas por Obra del Espíritu Santo y la intersección de María Santísima. 
Después de la conversación, se dirigió a saludar a los agrarios. Divisándolo desde lejos, unos niños, gritaron en señal de aviso: “¡ Ya viene nuestro amigo, el cura Seberinoooooo!”. Todo el caserío salió con un semblante alegre y lleno de esperanza. Al tener de cerca a este dinámico hombre, le saludaban una reverencia y luego lo abrazaban. Él les respondía con un apretón de mano, abrazos, una sonrisa y les manifestaba: “Tenga fe en Dios misericordioso que pronto llegará la paz”. 
Las sudosas y amables  campesinas le ofrecían un apetitoso almuerzo a base de quinua, papa y verduras. El presbítero no se hacía de rogar, aceptaba de inmediato el almuerzo, y  bendiciéndolo decía: 
“Bendice Señor estos alimentos que por tu Santa voluntad vamos a comer y también bendice a todas las manos que lo hicieron posible, porque Tú eres quien vive y Reina, por los siglos de los siglos. Amén”. 
En pleno almorzar jocosamente manifestaba: “Aunque sea de mujer me vestiría con tal de venir a defenderos. Estoy seguro que nadie se fijaría en mí, por ser chato, medio feo y de mirada seria. Menos los ricos me mirarían, sino más bien, me tendrían miedo y los espantaría, Eso bastaría para llegar hasta aquí para darles esperanza y amor”. Ja, ja, ja, ja, reían los campesinos. Y entre carcajadas Toribia, expresó: “Nuestro cura, nuestro cura vestido de dama, con pequeñísimas trenzas en la cabeza eso sería una verdadera locura.        
Seberino, Al terminar el sabroso y nutritivo almuerzo decía : “Gracias, a Dios por estos alimentos y gracias por sus manos benditas que trabajan la  tierra para mantenernos sanos y fuertes para de esta manera alabar a nuestro Omnipotente Dios ”. 
Como Sebe levantada sus sueños antes que llegue la aurora para rezar por su pueblo, observó por su pañosa ventana que empezaba a lloviznar y caer neblina, entonces no espero más y se dirigió al monte en mula a defender a los labradores. Cuando estaba a unos metros de llegar, unos pequeños anunciaban la llegaba: “¡Ya viene nuestro amigo, el cura Seberinoooooo!”. Cuando llegó encontró a las madres junto a sus hijos temblando de miedo porque pronto llegarían los hombres de sombrero fino a exigir injustamente dinero o alimentos frescos.
 Al poco rato, se aparecieron una decena de señores a gritar para que les dieran lo que acostumbraban recibir. Esta vez salió al frente el curita Seberino en defensa de esta pobre gente, pronunciándose que no hay nada que entregarles, porque las cosechas son para los que la trabajan y para alimentar a la niñez necesitada para que tengan energía, vida e inteligencia. Al escucharlo, los ensombrerados  se enfadaron y apuntaron   con sus escopetas al pequeño gigante y a su gente. Él revestido de audacia, no temió y abrió los brazos diciendo: “Dios me formó en el vientre de una buena mujer, para nacer, darme una misión y salvar almas, antes que éstas sean perdidas y arrasadas. Primero muerto antes de ver a esta dócil gente ser arrebatadas de sus bienes y quedarse en la miseria”. Muy molestos bajaron sus armas y con voz amenazadora, Virgilio dijo: “Esta vez te la perdonamos, pero a nuestra próxima llegada no te queremos ver, sino habrá derramamiento de sangre”. Finalmente dijeron: “Llegaremos para llevarnos toda la cosecha”, y se fueron. 
Niños, niños, padres y madres se quedaron atónitos de ver la valentía de su Gran Amigo: El cura Seberino, en defensa de esta Gran familia. Y por otro lado, de miedo, por las amenazadoras palabras de este poderosa gente.
El sacerdote les dio valor y les dijo que se encomendaran a Cristo Misericordioso y a Rosa Mística para que transformasen los corazones y mentes de esta gente confundida, que no saben lo que hacen.
Una noche muy solitaria, donde las lámparas de los postes alumbraban pobremente, se escuchaba  solo los ladridos de los perros como si tuvieran miedo y algo avisara.
De pronto, llegó al sacerdote Seberino, una misiva por debajo de su pesada puerta, que decía: “Excelentísimo Reverendo Seberino, no te atrevas a seguir defendiendo a esa gente que no sabe leer, no sabe escribir, ni tiene sentimientos. Estamos vigilando tus movimientos, sabemos lo que haces. Sabemos de tu valentía y amor al prójimo. Tu vida está en peligro. No te arriesgues más. Déjanos en paz de una vez por todas.  Atentamente: Los intocables”.
Esa misma noche después de dar lectura a la carta, le llegó a Seberino, la noticia de uno de sus amigos, que iban a ser atacados los campesinos. El presbítero, pensó de inmediato ir a verlos. Entones se vistió de mujer, con la ropa de su cocinera, y se dirigió por un camino empedrado, rumbo a las chacras cuyos propietarios veraces eran la clase pobre. Un anciano llamado: Baltazar, lo logró ver de lejos y avisó con voz segura y potente:       ¡ Ya viene nuestro amigo, el cura Seberinoooooo!
Cuando llegó el brillante cura,  avisó a todos con voz enérgica que iban a ser atacados. 
Con tanta rapidez, Nestor ordenó esconderse en el túnel que habían construido, guardando también sus cosechas  de arroz, menestras,  frutas, verduras, quinua y algunos animales.
En plena madrugada llegaron los ricos, quedándose sorprendidos por la ausencia de los pobladores y sus cosechas.
Muy molestos se retiraron, llevando la noticia al Gran jefe: “La gente del campo ha evacuado”. El orondo jefe, se enfureció y planeó un próximo ataque.
Al tercer día de estar en el túnel, volvieron a sus lugares, los campesinos a seguir labrando la tierra y el cura  a seguir haciendo apostolado.
La clase trabajadora campesina, no se quedó con las manos cruzadas, continuó cavando el túnel, y esta vez llegaron hasta el Altar, donde el Reverendo Padre Seberino, celebraba la Santa Misa. Lo hicieron hasta aquí, para que el cura tuviera la facilidad de salir o llegar pronto sin ninguna dificultad, a educarlos en la fe y  en la defensa de sus bienes.
Seberino, el cura solidario y de fe inquebrantable, rezaba mucho para que esto acabase. Asimismo hacia sacrificios y penitencias durante el día. Por ejemplo, no dormía, sino rezaba toda la madrigada, ofreciendo a Dios este sacrificio para que llegase la concordia en los corazones de esta gente conflictiva.
A la hora de desayunar solo bebía agua pura. El almuerzo si era bueno, comía una suculenta ensalada de verduras, arroz, menestra. Y en la cena bebía solo una taza con té. Nunca dejaba de hacer buenas obras en bien del prójimo. Los sacrificios, ayunos, abstinencias y penitencias, lo hizo tan bien que le agradó a nuestro Salvador.
Fue así que una mañana de Primavera, se acercaron al Sacramento de la reconciliación, diez hombres al mando de su jefe, bien vestidos y con sus sombreros en mano. El cura  al verlos, pensó que venían otra vez a amenazarlo o quizás a detenerlo injustamente. Quiso salir, sin embargo se acercó el jefe, se arrodilló al confesionario y le dijo: “Ave María Purísima”,  el cura le respondió: “Sin pecado concebida Santísima”. Con un corazón contrito o arrepentido confesó sus faltas. Lo mismo hicieron sus seguidores. El cura uno a uno los perdonó en nombre de Dios, echándoles la bendición y diciéndoles: “Yo te perdono, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. 
Grande fue la sorpresa del cura Seberino, que salió rápidamente del confesionario, para abrazar a esta gente. Los felicitó por su valentía y verdadero arrepentimiento.
El jefe de este grupo, propuso al curita ir de vista al monte para llevar el doble de las pertenencias robadas a la gente campesina, y además ayudarles a construir sus casas de adobe y madera de algarrobo. Seberino aceptó, y al medio día, hora del Angelus, rezaron juntos y se dirigieron al Cacerio: “Margarita”.
 Un agricultor medio tartamudo conocido como Gaspar, estaba recogiendo pepinos, y al levantar su cabeza, divisó a Seberino y a unos hombres que venían rodeando al cura; con sus piernas temblorosas corrió a su choza y cogió un embudo grande y dijo: “Se, Se, Seberino, viene pri, prisionero, salgan tlodos, nos  ne, necesita”. En menos de un minuto, salieron todos los habitantes con palos, sogas, cañas, ganchos a hacer frente a los ricachones.
Cuando estaban frente a frente, el cura Seberino levantó la mano, sacó su pañuelo blanco bien planchado y les dijo: “Se acabó todo, ahora reinará la  paz”.  “Hoy antes del mediodía nuestro Taita Dios llevó al templo a estos hermanos a recibir el Sacramento de la Reconciliación y Él los perdonó. Ahora escúchenlos, porque vienen arrepentidos”. 
Los poderosos hombres pidieron perdón y entregaron el doble de las pertenecías arrebatadas y les prometieron construir sus casas. Los campesinos los perdonaron y una niña levantó la mano para decir: Queridos amigos, mientras el cura Seberino, confesaba a esta gente, yo rezaba el Rosario con fe a Rosa Mística, para que interceda por estos hermanos, para que renueven sus vidas”. Y: “al terminar de rezar vi caer desde el cielo unas escarchas de color plateadas que se posicionaron en mi cuerpo. Estas escarchas significan, que Rosa Mistica me daba la oportunidad de pedir lo que quiera, para que ella interceda ante Dios y suceda un milagro. Inmediatamente pedí por Ustedes, que tanto nos asustaron, para que se arrepientan, sean humildes, generosos, justos, llegue la paz a sus corazones y se acabe este. Problema”. 
Todos se arrodillaron, dieron gracias a Dios y a Rosa Mistica, e incluso el jefe de este grupo se hizo devoto de la virgen y prometió levantar una capilla en este caserío.
Desde ahora, todos eran iguales y nunca dejaron de ayudarse mutuamente.

AUTOR: 
                                                       Sebastian Ángel Mora Ramirez.



LO IMPORTANTE QUE ES ALIMENTARSE

Antonio, era un amigo para todos, siempre estaba pendiente de sus compañeros. Era solidario, estudioso, responsable y pobre.  Le fascinaba asistir a su escuela, porque encontraba afecto, amor y tenía la esperanza de mejorar su situación actual, para en el futuro un Gran profesional.
Sin embargo, nadie sospechaba que en su alma llevaba una profunda pena: “No se alimentaba bien” y “tenía que disfrazarse por las noches para salir por las calles a reciclar basura” y al siguiente día poder  llevar  un pan, una fruta,  un vegetal o un cuarto de leche a su desamparada  madre y pequeño hermano.
Este niño de nueve años de edad, sabía que el estudio y el trabajo por las noches  lo agotaban y en cualquier momento podía enfermar, porque no se nutría. Pero él seguía en la lucha, su inspiración, era su familia.
Esto no duró mucho tiempo, a mitad de año escolar, en plena clase, se escucha un ronquido profundo y la vez un tremendo golpe. Todos se miraron espantados. Y el profesor corrió a recoger a Antonio que estaba tendido y medio muerto en el suelo. Los primeros auxilios de su maestro y amigos no faltaron.
Pasó 5 minutos y Toño  no reaccionada, tuvieron que trasladarlo a un nosocomio. Cuando llegaron a este lugar despertó. Inmediatamente  el médico de turno lo examinó e  indicó análisis, para mala suerte estaba bajo de hemoglobina y de peso. Tuvieron que internarlo una semana. 
Sin embargo, sus amigos no se quedaron contentos, iniciaron una campaña solidaria en la que recolectaron medicina y dinero. Además un puesto de trabajo para Peta, la mamá de Antonio .
Cuando los amigos de Antonio se enteraron que fue dado de alta, para que continúe con una balanceada alimentación, se dirigieron a casa y a unos metros de llegar, se enteraron por unos vecinos, que Toño era conocido en su barrio, como el gallinazo sin plumas Esto causó pena. 
Ya en casa, lo abrazaron, le entregaron un sobre cerrado y la noticia que el alcalde de su comunidad otorgó un puesto de trabajo a su mamá, además  pagó la cuenta de la hospitalización. El niño se emocionó y agradeció a sus amigos.
Esto no queda ahí, Peta, empezó a alimentar a sus hijos. Todas las mañanas no les faltaba en el desayuno  leche, queso, pan, mantequilla y  jugo de papaya, fresa y otras alternadas.
A las diez de la mañana, hora del refrigerio,  comían frutas: plátanos, naranjas,  manzanas y otras.
En el almuerzo alternaban algunas veces menestras, como: alverja partida, alverja serrana, frejoles, arroz, raíces, hojas, verduras,  pollo, carne de res, guiso de pescado, el infaltable cebiche , frutas y su postre.
En el lonche: pan, milo, cereales y huevos.
Y por la cena: Un sabroso bisté , arroz, plátanos fritos y su manzanilla.
Antonio, nunca volvió a trabajar por  las calles. Gracias a Dios, con el trabajo de su madre, no les faltaba alimentarse.

AUTOR: 
                                                       Sebastian Ángel Mora Ramirez.